La Navidad de los muñecos

Cuando era una niña adoraba la Navidad, ignoro por qué. Mi madre sacaba el árbol de su exilio. Durante once meses permanecía dormido en algún placar del coqueto apartamento interno de la calle Aranguren. Con cuidado desenvolvíamos los adornos de cristal, no sin lamentar cada tanto alguna que otra baja. De las cuatro mujeres que habitaban la casa, yo era la menor y la más entusiasta. Me gustaba fabricar decorados navideños con mis propias manos. Mi especialidad eran los ángeles de cartulina y las guirnaldas verdes de papel crepé.

El edificio estaba lleno de viejos. Los pocos niños que habían quedado ahí atrapados en su mayoría pertenecían a ese lugar: eran grises y bastante maleducados. En aquel entonces Papá Noel no era tan popular como lo es ahora, o tal vez sí. No recuerdo creer ni dejar de creer en nada. La única chimenea que tenía el edificio de Buenos Aires donde yo vivía era la del incinerador de basura, que más tarde se prohibió. La estufa era falsa, funcionaba a gas. Pero de alguna forma la fantasía tenía lugar.

Todas mis energías estaban puestas en compensar el poco ánimo festivo que reinaba en la familia. Y a falta de parentela, me refugiaba en un invento que me mantenía ocupada hasta que llegaba la nochebuena: organizar “la Navidad de los muñecos”. No me da vergüenza admitirlo. Irónicamente yo armaba una Navidad paralela con los juguetes que habían sido, muchos de ellos, regalos de años anteriores. Dotados ya de un alma, se merecían su propio festejo. Eran el complemento perfecto para una niña con más imaginación que familiares vivos.

Ellos tenían un árbol de cartón decorado con brillantina. La sede del festejo era lo que se conoce habitualmente como “hall de distribución”, un pasillo oscuro donde confluían las puertas de los cuartos, el baño y una suerte de closet guarda todo. Varios días antes me había ocupado de envolver autitos y chucherías varias con papeles usados y moños improvisados. Estaba tan, pero tan ocupada en las necesidades de mis amigos de piel de sol, que apenas tenía tiempo de pensar en mis propios regalos.

Lo más complicado era dividirme la nochebuena entre las dos fiestas. Una era la que era, había ausencias difíciles de remediar, pero mi madre siempre fue una especialista en conservar la dignidad. La otra era la que deseaba yo que fuera: concurrida, solidaria, alternativa e irreal.

Mi hermana mayor se esforzaba por sembrar en mí la curiosidad inventando toda clase de fábulas sobre el contenido de mis paquetes. Pero para mí siempre estaba bien. Sabía que en casa se regalaba una mezcla de lo que se podía y lo que se quería con muchísimo sacrificio. Jamás me sentí defraudada. En general recibía un nuevo amigo para la próxima “navidad de los muñecos” ¿Qué más podía pedir?

Y al llegar la hora cero todos abríamos los regalos, los adquiridos en el mercado de los adultos y los rebuscados en mi bolsa de cachivaches mágicos.

No tengo reproches con esas navidades, porque sembraron en mí el anhelo de formar una gran familia. Quizás por eso no me preocupa tanto qué poner debajo del pino enchirimbolado mientras la mesa esté bien concurrida. Mi carta a Papá Noel hoy diría algo así: querido ex empleado de la Coca Cola Company, por favor, no más sillas vacías.

 

Publicado originalmente en http://piresmios.blogspot.com.uy/

 

Cien días

Antes las vacaciones de los botijas duraban, por lo menos, cien días. Pero de un tiempo a esta parte, con la proliferación de los hogares donde ambos cuidadores trabajan, se acabó la fiesta.

Se nos está terminando noviembre. Las empresas empiezan a pedir nuestros planes de licencia y los colegios, el pago de la matrícula o la cuota para anotarlos en la colonia de verano.

Es otro Uruguay. El gerente de Nuevo Centro Shopping sale en todos los informativos en horario central declarando que “a la clase media lo que la hace feliz es consumir”. Y las vacaciones no quedan afuera de esta nueva lógica, se han convertido en un producto más, un símbolo de status y otra cuenta para meter en la tarjeta de crédito.

¿Cuántos de los que hoy tenemos más de 30 años vacacionamos en el exterior, viajamos en avión o nos hospedamos en un hotel antes de cumplir la mayoría de edad? Calculo que muy pocos.

Estar de vacaciones era tomarse el ómnibus y bajarse en “la Malvín”. Como mucho metías un Shangrilá, y te sentías un “botija viajado” solo porque te habías tomado un interdepartamental.

Ni qué hablar de la gente que vive en el interior, de los balnearios de río, de todas esas cosas que los citadinos no vivimos o lo hicimos de prestado solo para poder contar la anécdota una y mil veces.

Desde que los chiquilines cumplen horario como nosotros, sus padres les recortamos también el cielo de las vacaciones. Esa eternidad de jugar, merendar, bañarse y volver a jugar está en vías de extinción. Tienen quince o veinte días de actividades recreativas planificadas igual que nosotros.

Quizás como una forma de rebelarse contra ese asalto a la inocencia se enferman en la víspera. Salen a la pesca de cualquier virus o bacteria para recordarnos la inutilidad de la agenda, la impertinencia del “check in” en sus coordenadas de tiempo infantil.

Atrás quedaron los ómnibus capitalinos con arena en el piso, sillas playeras y sombrillas calvadas en los riñones de los incautos pasajeros. Las heladeras de espuma plast con jugolín de frutilla y refuerzos de mortadela. La felicidad a precio de un boleto.

Ahora si les preguntás por las vacaciones, capaz que muchos chiquilines de Montevideo te hablan de la costa de Rocha, Maldonado o Canelones. Todavía quedan los que se van al interior a visitar algún abuelo. Pero está claro que la diversión ya no pasa por jugar al calor de la vereda, al menos no para “la pujante clase media” a la que alude Juan Carlos Nuevo Centro.

Nos estamos poniendo viejos, los pequeños nacen y crecen. Uno proyecta en ellos la infancia propia y la siente tan ajena, tan distinta en varios sentidos, que no puede dejar de preguntarse si acaso cuando aceptamos cambiar playas por shoppings no hicimos un pésimo negocio como sociedad.

Un cine no es un shopping, y viceversa

Estas vacaciones de primavera decidimos quedarnos en Montevideo. Había mucho por hacer en casa y además solo uno de los progenitores tenía días de licencia para gastar. Quedamos las chicas en casa a cargo de todo. Menuda fiesta.

Los primeros días fueron más parecidos a las vacaciones de julio que a otra cosa. Días grises de luz constante e indefinida que invitaban a pegar el sueño estirado de la mañana con la hora de la siesta y seguir de largo hasta el anochecer. Ocio y dibujitos. La miel de la infancia es su estado más puro. Mamá administrando las comidas y las cuotas de juego libre, subiendo de peso con cada merienda compartida y pensando en salir a gastar esas calorías extra cuando el sol se dignara a decir “aquí estoy”.

Y salió nomás el Astro Rey, recién el miércoles. Cual mega estrella de Rock, el amo y señor de la galaxia asomó su ardiente nariz justo en la cima del cielo, al mediodía. Entonces preparamos un almuerzo super express. Las paredes de la casa asfixiaban, como asfixian las mantas y los buzos de lana al final del invierno.

Del fondo de la mochila de mi hija, mochila que aproveché a lavar y ofrendar al Dios Sol en un ritual que requería colgarla sin juicio previo de una soga en la azotea, cayeron tres entradas de cine. Ni dos ni cuatro, tres. Ellas siempre traen fajos enteros de esas entradas de cines medio venidos a menos que promocionan de forma algo desesperada películas que se caen a la cartelera de los otros, de los lindos y relucientes cines, riñones del entretenimiento implantados en el seno de templos consumistas: los complejos de cine de los shoppings.

Como buena nueva hippie seudo burguesa con culpa de no sé lo qué, porque ya no existe tal cosa como una clase en un mundo socialmente cada vez más bipolar, le tengo fobia a los shoppings. Razón por la cual cuando vamos al shopping, es porque vamos al cine. Tanto es así que si por una de esas casualidades tengo que acarrear a mis hijas a cambiar un regalo, por ejemplo, ellas entran al shopping convencidas de que vamos a ver una peli.

Y entonces me caen del cielo, bah, de la mochila de mi hija, esas tres entradas con descuento para ir al Cine Maturana. ¡Un cine de barrio! Me morí de amor. Hacía tiempo que tenía ganas de hacer esa excursión con mis hijas, contarles y mostrarles cómo era hace un tiempo ir al cine. Las apronté lo más rápido que pude. Afuera hacía demasiado calor como para ir a la plaza. Todo era perfecto. Ellas se pusieron sus galas de niña. Mezclaron ropa buena con ropa gastada pero que les quedaba muy cómoda. Se pusieron unos collares de cuentas de plástico con interesantes propiedades mágicas.

De camino a la parada del ómnibus les conté que íbamos a ir al cine, “al cine-cine”, les remarcaba. La más pequeña cantaba “vamos al shopping a ver una peli” y yo seguía machacando con mis anécdotas de vieja del nuevo milenio.

Por suerte salimos temprano y el ómnibus pasó enseguida. Fueron todo el viaje de la mano de una bebé desconocida con los cachetes muy colorados y una sonrisa de cuatro dientes. Quizás por la emoción o por mi patético sentido de la orientación nos bajamos mucho antes. En la esquina había un cartel con una flecha donde decía “Hacia Barrio Reducto”. ¡Mirá, nuestro barrio! Y para aquel lado está la casa de los abuelos…. Manu exclamó que vivíamos en el mejor lugar que puede existir. “Mamá, estamos en el centro del mundo”. Su conclusión de niña me pareció deliciosa y seguimos caminando por Bulevar rumbo a Avenida Agraciada.

Llegamos diez minutos antes. Sacamos las entradas y compramos una bolsa de pop dulce para compartir y un refresco cola de 600 ml, también para compartir. Nada de dieta, estábamos de vacaciones y yo era un poco niña también. A Manu le llamó la atención la puerta capitoneada de la sala, la única sala. Hicimos una fila porque las entradas no son numeradas ni se sacan por Internet. Son unos taloncitos muy prolijos pero con un aire a rifa de Kermese o a sorteo de viaje de fin de cursos.

Con respeto y decoro entramos todos sin empujar. La sala era enorme. El boletero nos cortó los talones y el olor a iglesia nos cortó el aliento. A los pocos minutos ese aire algo rancio, no de suciedad, sino de madera impregnada de tiempo, se volvió respirable como la atmósfera de un nuevo planeta.

Nos sentamos las tres bien adelante. Había familias muy numerosas y grupos de adolescentes. Había niños que viajaban con túnica en vacaciones para no pagar el boleto. Había también padres esperando afuera porque no se podían permitir pagar la entrada pero les pedían cariñosamente “contame todo cuando salgas” mientras se despedían en la puerta.

Hubo avances de otras película y gente que llegó más tarde. Gracias a ellos pude mostrarles a mis hijas el oficio del acomodador. Una linterna grande y vieja como el cine hacía de faro para los demorados. Nadie tuvo que pedir que apagaran los celulares. Tampoco sonaron, no hizo falta. El tamaño de la sala y la disposición más horizontal de las butacas de madera, la oscuridad total y la pantalla sobre el escenario, todo era muy distinto. Sin el estímulo de las vidrieras y las tentaciones previas, las niñas parecían más clamadas que de costumbre.

Resolvieron la incomodidad de las butacas rígidas sentándose como indias. En cuanto vi que yo también podía hacerlo, las imité y pude transcurrir con total confort natural la segunda parte de la película.

Mi amigo el Dragón se veía bien, se escuchaba bien, y era por cierto mejor de lo que me imaginaba a nivel argumental. Los niños se reían e imitaban el aullido del lobo cuando les venía en gana. Participaban de la película con criterio infantil de una forma que no molestaba. Un niño a mi izquierda se quejó de que estaba aburrido, de que la película no le gustaba, la madre suspiró algo decepcionada pero ambos resistieron sin volver a hablarse hasta el final.

La película se puede leer como una metáfora de la ecología, un cuestionamiento a la idea de progreso y civilización basados en la explotación indiscriminada de los recursos naturales. Una película atemporal donde no existen computadoras, tablets ni teléfonos celulares. Una película ideal para ver en un cine detenido en el tiempo, pero que se mantiene vigente.

Los efectos funcionaron de maravilla, hubo sobresaltos y caritas escondidas en le hombro de mamá, también alguna que otra lágrima pasajera. Y al final, un caluroso aplauso.

El más perjudicado por el paso del tiempo aparentemente había sido el baño de la sala. Omitimos esa parada en nuestro tour vintage sentimental y luego de que mamá se sacara fotos con todo lo que pudo, en clara contradicción con su propuesta inicial (así somos los adultos), emprendimos viaje rumbo a la parada. El ómnibus pasó casi enseguida y nos dejó en la esquina de casa, como una calabaza de cuento de hadas, pero colectiva.

No hubo estacionamientos, ni “gracias por su visita, vuelva pronto” con voz de robot. Todavía quedaba un buen fragmento de tarde para merendar a la luz de un sol más clamado. Entre pan con manteca y galletita con dulce comentamos nuestra aventura hasta que la más pequeña se quedó dormida en el sillón, aferrada a su collar de plástico con propiedades mágicas.

Al menos ahora ya saben que todavía hay cines sin shopping en Montevideo. Y un solo shopping sin cine. El shopping al que vamos cuando queremos irnos de viaje.

 

 

 

 

 

 

Deportes extremos

¿Cuántas veces nos ponemos excusas a nosotros mismos para depositar las posaderas en el sillón y no hacer nada? Muchas. Y unas cuántas veces no son excusas, el día tiene 24 horas y la semana siete días y no le encontramos la vuelta.

Plantearse un programa serio de ejercicio con uno o más botijas es ya de por sí un deporte extremo. Veamos las diferentes opciones que podemos manejar, sus pros y sus contras, para luego decidir (o no) embarcarse en esta aventura de estar saludable, activo y hacerle upa a la criatura, sin morir en el intento.

La percha ergometríca

Yo también tengo una en casa, y no me tiembla la voz al admitirlo. Con la excusa de la falta de tiempo y en pos de librarme de los kilos de más que fueron dejando en mi cuerpo, primero la convivencia y luego la maternidad (lo mismo le pasó al padre, no crean que solo la madre sube de peso durante el embarazo), arranqué para Motociclo.

Desoyendo las recomendaciones de otras víctimas de la percha ergométrica y haciendo caso omiso a la proliferación de dicho artículo en Mercado Libre, compramos la bicicleta fija. Ojo, el padre de familia un buen tiempo la usó, pero se ve que pronto el paisaje le resultó algo monótono (a pesar de que la ubicamos junto a la ventana), y la idea de ver algo en la tele o la compu mientras pedaleás parecerá muy copada al principio, pero la verdad que es un reverendo embole.

Nos levantábamos a las 5 am (sí, no es un error de tipeo), para meter una horita de ejercicio antes de comenzar con la faena matinal de desayuno-viandas-baños-mochilas, etc.

A las 16 horas nos queríamos quitar la vida con una inyección de cafeína intravenosa. Ergo, duró poco la campaña. Eso sí, la bici la conservamos y yo me ocupo, más por pudor que por otra cosa, de podarle las pilchas y las toallas de vez en cuando. La dignidad, ante todo.

Video vergüenza

Sí, también probé con videos de gym. ¿Qué si me da vergüenza? Bastante, pero no me quedaba otra. El verano pasado me bajé unos cuantos videos de Zumba Fitness y, dieta mediante, logré perder un par de kilos. Pero a la larga te embola interactuar con una grabación. Te aprendés todos los pasos de memoria y ya ni gracia tiene. Además, tampoco podés poner la música muy al mango porque se te despiertan las botijas y, o se matan de la risa y vos te querés meter debajo de una piedra o quieren participar y ahí sí, adiós plan de ejercicios.

Como verán, esto tampoco prosperó. De todos modos hace poco descubrí una variante entretenida, quizás más “botija-friendly” que, si bien no es un plan regular de ejercicio, te hace quemar alguna caloría extra y divertirte en familia: el Wii (o Xbox para los más oligarcas o los que gustan de las 12 cuotas sin recargo). Hay unos juegos de deporte que de verdad te hacen mover el esqueleto (sí, adivinaron, la versión Zumba ya está disponible). Incluso te tiran fruta sobre las calorías que supuestamente quemaste y todo.

Está bueno porque esto es muy compatible con el proyecto botijas. Aunque obviamente no se puede decir que es hacer deporte, al menos desestimula el sedentarismo. Por algo se empieza.

Ommmm

También puede ser de gran ayuda la práctica de disciplinas que nos brinden herramientas para aprender a mantener la calma. Es más, propongo que se incluya en el Sistema de Cuidados un instructor de Yoga, como para bajarle un cambio a tanta violencia intrafamiliar (no es mala, ¿eh?).

También hay Yoga para los botijas. Además de ayudarlos a no perder su agilidad natural, les enseña a concentrarse en un mundo donde el exceso de estímulos les deja poco espacio para la contemplación de su mundo interior.

Luego que aprendemos la técnica, es muy económico y ecológico ya que podemos hacerlo tirando una manta en el piso como única inversión. No hace falta tomarse una hora, con veinte minutos basta, una saludito al Sol, un par de posturas básicas más, pim, pum, pam y ya ves la vida de otra manera.

Eso sí, hay que generar el tiempo y el espacio en nuestra apretada agenda, como todo en la vida

Corre caminos

Con el tiempo lindo la rambla de Montevideo (y calculo que en el interior también debe pasar algo similar, no lo sé), se llena de una fauna muy particular: los runners o corredores.

Los posta, los de verdura, están todo el año. Si arrancás en junio, con diez grados o menos de temperatura y el viento en contra, a reventar hay cincuenta personas corriendo por la rambla. En el parque y las avenidas casi ni se ven, pasan inadvertidos.

Pero con las primeras tardes templadas y la ola de promo-carreras se te llena la pista de deportistas ocasionales.

Muchos y muchas son padres y madres. Incluso hay gente que entrena y corre las carreras con unos carros de bebé especiales (sí, con el pobre botija adentro –a veces dormido- al rayo del sol), que cuestan desde 500 dólares en adelante. ¿Querías snobismo? Tomá.

Es genial, porque desde que la quedó alguno en la pista, las grandes marcas organizadoras no se comen ninguna y te hacen firmar un papel que dice que si te morís es porque sos tremendo gil, de hecho el formulario se llama “deslinde”. Más claro, echale Gatorade azul.

No obstante, hay que decir a favor de esta movida que, además de ser económica –con un par de buenos championes y ganas alcanza, siempre y cuando no entres en la bobada consumista- es algo que, como padre o madre, te podés manejar, sin estresarte por enganchar tus horarios con los de un gimnasio.

Otro punto a favor es que los botijas, sobre todo cuando son chiquitos, se re copan con todo el asunto ese de las corridas, que mamá o papá les trajo una medalla. Aunque llegues caminando con la lengua afuera y al borde del infarto, para un botija de cinco o seis años, sos Usain Bolt.

En nuestro caso, que salimos a entrenar mamá y papá, nos turnamos para correr las carreras. A veces uno corre una y el otro va con la botijada y espera en la meta o nos quedamos en casa alentando a la distancia y, cuando podemos, mechamos alguna para hacer juntos.

En general, aunque “no metas podio”, te dan una medalla que los botijas piensan que es de un metal precioso, aunque sea de lata pintada con chivo de los sponsors. Nosotros se las vamos dejando a las gurisas colgaditas de la cama, y así como quién no quiere la cosa les va picando el bichito del deporte.

Incluso hay corridas que arman una previa para niños (te la cobran, obvio, esto es todo por plata), pero no deja de ser una linda idea.

Opciones hay miles, sólo es cuestión de encontrar la que mejor se adapte a nuestro estilo de vida, si es que se puede jactar uno de tener tal cosa con botijas de por medio.

 

 

Ticket para trasnochar

Atrás quedaron aquellos años de loca juventud en los que uno podía ir de fiesta en fiesta y pasarse 72 horas sin dormir como si tal cosa. 

Estudio, trabajo y descontrol, convivían en perfecta armonía, hasta que llegaron los botijas.

 

La previa de la previa

Para arrancar, si querés salir tus amigos te tienen que avisar con una semana de anticipación o más. Aunque es complicado de entender para quien vive por su cuenta, conseguir con quién dejar al botija durante toda una noche o, en su defecto, lograr que tu pareja se acomode sus propios horarios y compromisos para asumir la tarea, puede llegar a ser más complicado que abrir una licitación en el Estado.

Hay que aprontarse para que hasta el último minuto te estén cayendo mensajes a tu celular del estilo “¿vas o no vas?”. Cuando con total honestidad respondés “no sé”, parece que estás metiendo cualquier excusa para no asistir a la cita. Esto puede ser cierto o no.

 

Bichito nochero bipolar

Son usuales las fantasías que tenemos los padres de salir, de tener tiempo para nosotros, para volver a ser lo que ya no seremos jamás: gente suelta. Pero cuando llega la hora de la verdad, el hogar nos atrapa como si se tratara de una gran planta carnívora. Esto ocurre con más frecuencia en invierno. Llega el sábado, ni que hablar si es un viernes luego de una larga jornada, y descubrimos que tenemos las pantuflas adheridas a los pies. Miramos el reloj, un  una notificación sin leer en la pantalla del celular y dos escenarios posibles a nuestro alrededor.

 

Paralizarse o huir

Son las dos reacciones que podemos tomar ante esta situación estresante de tener que decidir si nos gastamos o no este ticket para trasnochar. Todo dependerá del entorno: puede ocurrir que la escena sea dantesca, con botijas llorando sin querer dormir, un cuidador o cuidadora a punto de entrar en crisis, y nosotros con ese boleto en la mano, las llaves sonando en el bolsillo y una voz que nos susurra: “andate ahora que podés”. El otro escenario posible es irónicamente el más complicado: a diferencia de lo que ocurre habitualmente, los botijas están particularmente afectuosos, comen su cena temprano y se van a dormir a una hora razonable sin protestar. Entonces nos quedamos ahí parados como unos imbéciles, con ganas de disfrutar de una paz hogareña que atenta contra nuestra chance de salir a romper la noche (o algo parecido).

 

De 00 a 06

Ya está. Cerraste la puerta y no hay marcha atrás. Comienza la aventura de gastarte el boleto dorado de Willy Wonka. Sabés que podés tomar algo, pero no demasiado, no conviene mezclar, porque hace mal. Si no andás en auto, elegí una bebida y mantenete en esa toda la noche. “Ya no tenés veinte años”, hacete un tatuaje de henna en el antebrazo con esa leyenda. Los primeros signos de envejecimiento son clarísimos: criticar cómo se viste la botijada que sale a bailar. “¡Con este frío se puso esa pollerita!” y la inefable “cuando yo salía…”, lo cual deja en evidencia que esto que estamos haciendo es un viaje en el tiempo o a lo sumo un safari antropológico, pero ya no cuenta en nuestro prontuario nocturno que está archivado hace rato. 

No sé cómo será para los padres solteros y/o separados, supongo que más complicado por motivos que exceden a mi conocimiento. Lo bueno de saber que tenés una familia que espera al final de la noche es, (además de una heladera con comida en buen estado al otro día), poder bailar sin preocuparte en absoluto de la aceptación que logres en el sexo opuesto. El levante es irrelevante (cuac!). Lo malo es el nivel de exigencia que uno le pone a veces a la salida en sí misma, dado que tenemos pocas balas para gastar. Como cuando vamos a ver una película, tiene que ser muy buena o muy entretenida para que justifique el esfuerzo logístico. Con la noche pasa algo similar. No hay mucho margen para el experimento.

 

Hasta que salga el sol

Si los botijas ya se durmieron y no llega ninguna llamada de socorro a nuestro teléfono ¿qué necesidad hay de llegar a las 4 am a riesgo de romper esa armonía? Seguir de largo es la mejor forma de sacarle el jugo al boleto dorado. Al menos eso creemos, hasta que llegamos a casa y descubrimos que para la dinámica familiar nosotros nunca salimos. Un precio alto que debemos pagar con Alikal y mucha dignidad. 

Llegamos despacito para no despertar a nadie, nos sacamos los zapatos para no hacer ruido y nos colamos debajo de las sábanas cuando descubrimos que ¡alguien ha ocupado nuestro lugar! En el medio de la noche un botija bien de vivo se pasó para “la cama de los padres”. Minga vas a dormir. A todo esto ya son las 06:30 am. En el mejor de los escenarios (o el peor), los botijas se durmieron temprano. Esto quiere decir que se despertarán temprano también. Siendo las 08:00 am una dulce y aguda vocecita taladra nuestra cabeza ya no tan acostumbrada a la noche y los excesos: “¡Es de día! ¡Hay que levantarse! ¿Quién me preparará el desayuno?”. 

Entonces, pateando las ojeras y venciendo la fotofobia, nos abrimos paso hasta la cocina. El olor a tostadas y café con leche irá desplazando los recuerdos recientes de una noche de desvelo hasta que todo parezca casi como un sueño. Y a medida que va cediendo el dolor de cabeza, nos invade una sensación de plenitud, tal vez por haberle robado a la noche un poco de lo que nos gustaba hacer, pero quizás también por la convicción de estar en el presente que elegimos, donde trasnochar ya no es para nada una prioridad.

Aportes a la caja

Como los zapatos de plataforma y los pantalones de tiro alto, todo vuelve. La moda de los juegos de caja, también. ¿Quién no se ha pasado las noches en vela con familiares o amigos jugando al Banquero (Monopoly ) o al políticamente incorrecto pero no por eso menos entretenido Juego de la Guerra (WAR)?

Y ni que hablar de las trivias, que sacan lo peor del bicho humano, en su afán de sabérselas todas y restregárselo en la cara al prójimo. Quizás hemos visto romper más de cuatro parejas a causa de una opción mal jugada en el “situación límite” ¿Así que soy cariñoso eh? ¡Yo pensé que era apasionado! Y te los tenías que bancar entrompados todo el resto de la velada, en el mejor de los casos.

Los más veteranos seguramente probamos por primera vez las mieles de la timba jugando a la lotería por plata (o por porotos de manteca), en la casa de alguna vecina inescrupulosa o nuestra propia familia, que no siempre constituye el mejor ejemplo, pero bueno, como dice el refrán: la familia uno no la elije y a los vecinos, tampoco.

 

Introducción al derecho

Una cosa que está buenísima de los jugos de caja es que sirve para que la botijada vaya entendiendo, de forma lúdica y recreativa, que la vida no es un viva la pepa (no la chancha, la otra, bue, en fin). Incluso para divertirnos, necesitamos ajustarnos a algunos parámetros, y ceñirnos a ellos puede resultar interesante.

También vale inventar algunas reglas o bajarle el cambio a las existentes, para que la botijada no se frustre. Esto también es un lindo ejercicio de negociación y convivencia. Le entregás un poco de poder a la criatura y queda más contento que perro con dos colas.

De paso es una linda excusa para desenchufarse de las pantallitas y recuperar esa cuestión tribal de mirarse las caras. En este sentido otro juego que funciona bastante bien son las cartas temáticas. Hay de todas las calidades, pero si buscamos bien y conseguimos unas lindas, vienen con opciones de jugar a distinto nivel: desde juegos de memoria hasta otros más complejos como crear colecciones.

 

Ganamos todos

Es importante tener algunos recaudos cuando el grupo de participantes está compuesto de forma mixta por adultos y botijas.

No te digo dejarlos ganar siempre, pero sí resistir la tentación de babosear, ceder algún turno cuando vemos que la cosa viene mal para las nuevas generaciones, ofrecerles para “formar un equipo” y compartir la ficha, dejándolo hacer alguna cosa simple, como tirar los dados o moverse entre casilleros. De paso aprenden a sumar cifras pequeñas (dos dados del 1 al 5) y contar los lugares mientras avanzan.

Hay que tener paciencia y tomárselo con calma. Es muy común que no terminen una partida, que dejen abandonado el tablero y pasen a otra cosa. Esto es normal y debemos resistir nuestra obsesión adulta por culminarlo todo. 

También hay juegos que son más bien de motricidad y equilibrio como el Jenga o el Mikado, lo cual también es muy positivo para la botijada que está entrenando el pulso.

 

Bloques de memoria

Los juegos, como los aromas y los sabores, son grandes constructores de memoria. Además del juego libre, estos tipos de juegos colectivos, ajustados a normas y por ello también claramente identificables y transmisibles, tienen un poder de huella psíquica enorme.

Quién no recuerda “aquella partida”, la picardía de la trampa, la mentira del truco, el As bajo la manga. Que levante la mano el que nunca jugó a la Conga  con una tía veterana o al Culo Sucio o “el sucio”, un juego que hace las delicias de los botijas ya desde su controvertida denominación.

Está todo más que bien con el Xbox, el Nintendo Wii, la Play Station III, sus ancestros y su descendencia, pero el objeto tangible, el ruido de los dados rodando sobre una mesa, mantienen intacto su encanto inmutable. 

Y así como ni el VHS,  ni el DVD, ni el cable, ni Netflix, ni Internet, lograron cerrar las salas de cine, allí dormirán los juegos de caja en el atalaya del ropero, esperando que alguien le abra la entraña para desempolvar el tablero.

 

 

Consumismo y educación

Se aproxima ya sin remedio el Día del Niño. La Avenida 18 de Julio es un festival de zombis a toda hora. Incluso he visto a muchos niños tironeados del brazo por sus apresurados padres que no consiguen lo que el supuesto destinatario ni siquiera deseó jamás.

Ahora me dirán: “Mi hijo me tiene –fill in the blanks- por el piso con el juguete marca ACME”. Depende mucho de las edades y los temperamentos, como siempre. Pero es probable que su hijo o hija lo que en realidad busque es, chocolate por la noticia, un poco de atención.

Aquí van algunas ideas para sacar algo en limpio de esta bochornosa fiesta del consumo en la que todos –me incluyo- entramos (también los que leyeron la última biografía de Marx):

-Comprar un regalo colectivo. Aunque al niño le huela a estafa, podemos convencerlos de que la unión hace la fuerza, y de paso experimenta un hecho inédito: ver a la familia reunida a causa del dinero y no al revés, como suele suceder. Si luego algún pariente no paga su cuota parte, no le cuente a su hijo, mejor lo carga a la cuenta de las mentiras piadosas o sus primas hermanas, las verdades a medias.

-Juntar los juguetes que, estando en buenas condiciones, hayan caído en desuso, y donarlos a alguna institución, involucrando al niño en el proceso de selección y entrega de los mismos. Puede ir esto acompañado de algún ritual de despedida para los más sentimentales, al mejor estilo Toy Story.

-Organizar una jornada de recuperación de juguetes, metiendo peluches en el lavarropas, arreglando mutilaciones varias que suelen padecer los muñecos “de acción”, cosiendo pelo de lana a las muñecas que sufran de una calvicie total o parcial, en fin, enseñarles a los pequeños que antes de donar o tirar, siempre existe la opción de cuidar y reciclar.

El juguete vs la imaginación

Cuando el botija es fantasioso, no hay con qué darle. Si a su hijo no se le cae una idea –no se ofendan, pero hay ejemplares, después se vuelven adultos y ya no se les nota tanto- no vale echarle la culpa al juguete.

De todas formas no vamos a descubrir en esta columna que la imaginación responde muy bien al estímulo del progenitor.

En lo personal, si bien recuerdo algunos juguetes de mi infancia y conservo muchos otros –con los que hoy juega mi hija como si no hubieran pasado ya veinte años- los juegos que más me marcaron involucraban un algún elemento material y mucha fantasía.

Recuerdo haber transformado una mesa de TV con ruedas en un micro para transportar peluches.

Recuerdo haberle construido una silla de ruedas a una muñeca sin piernas a partir de medio patín roto.

Recuerdo una pistola con luz y sonido –nada femenina, por cierto- pero más recuerdo mi enojo porque, al ser la menor, yo siempre tenía que hacer de Diana y mi hermana de Mike Donovan, cuando jugábamos a “V Invasión Extraterrestre”.

Recuerdo las tablas de surf que le construímos con bandejas de espuma plast, más que a la propia muñeca Barbie.

En fin, el juguete es la excusa. Si el niño tiene mundo interior, se encargará de ampliar los horizontes de ese triste pedazo de plástico, de lo contrario, se aburrirá y pedirá más.